El Magosto

 

Foto: Recolectando castañas de los “ouriceiros”. San Antolín de Ibias, c.a 1930. Walter Ebeling.

En Galicia hay castaños centenarios que, si pudieran hablar, nos explicarían con todo detalle escenas como la que se puede apreciar en la imagen. Durante generaciones, los gallegos, y en general, todos los habitantes de la cornisa cantábrica, se dirigían al bosque por estas fechas con la intención de recolectar un alimento que formaría parte de su dieta básica durante todo el invierno. Los castaños que habitan los bosques han sido testigos de esta tradición que se repite cada otoño y que contaba con una importante organización, pues de llevarla a cabo con éxito o no dependía el poder pasar los rigores del invierno con el estómago más o menos lleno. En el siguiente corte de audio, José, del Centro de A Coruña y natural de As Nogáis (Lugo), nos relata como era esta escena anual, en la que los hombres se dedicaban a subir a los castaños y sacudirlos con varas para hacer caer los erizos que después, y con la ayuda de las mujeres, se recogían y depositaban en los “ouriceiros”.

 

José (As Nogáis, 1936): “Lle chamaban ouriceiros e eran una especie de fornos cerrados, o sea, unos círculos, como un depósito. Alí sacudíanse as castañas, se botaban en aqueles ouriceiros e alí curtían. Chovía por elas. Poñíaselles por encima unhas ramas para que pasara a auga e os ourizos ían pudrindo, sen estropear a castaña porque a cascara da castaña e moi dura e non lle afecta aunque esté húmida. Hasta que estaban curtidas. Para despois sacalas cando pasaba cerca de un mes, despois de chover en elas. Entonces se estendían. Ao redor do ouriceiro normalmente era un sitio raso. Non había parte leñosa. E alí se estendía e entonces dúas ou tres persoas os pisaban porque os ourizos estaban blandiños e ían quedando. Despois cunha especie de horquilla se ían arrastrando, se ían movendo, quitándolle os ourizos e quedaban case limpas.”

“Aquello era una juerga, empezaban a cantar en los árboles los hombres y las mujeres. Sobretodo eran los hombres los que subían a los árboles a sacudir. Yo no sé si era para disimular el miedo, pero se cantaba siempre. Las chicas iban para apañar los ourizos y los metían en los ouriceiros”.

Aparte de las castañas que se quedaban en los “ouriceiros” para curtirse y ser recogidas al cabo de un tiempo, había otras que marchaban para casa, metidas en cestos. En la siguiente imagen podemos apreciar esa escena. En este caso, la pareja se dirige a su casa con el cesto lleno a la cabeza, barruntando quizás sobre cual será la mejor manera de consumirlas, si asadas, cocidas, con leche, o simplemente crudas.

Foto: A Ermida, A Pastoriza, c.a 1930. Walter Ebeling.

 

Lo cierto es que, después de hablar con todos los alumnos de MEMOGA me quedó clara una cosa: antiguamente no se celebraba el Magosto un día en concreto como ocurre hoy en día. La época de castañas, gracias a las diferentes formas de conservarlas se podía prolongar durante todo el invierno, así que se consumían siempre que se podía. Podríamos decir que por Magosto se entendía toda aquella celebración donde hubieran castañas de por medio pero esta no tenía que ser precisamente el día 31 de octubre. Sobre este tema hablamos en el siguiente corte de audio, que fue registrado en el  Centro de Betanzos:

 

Rosario (Coirós, 1931): “En Espenuca vivían los Corrales y se recogía el maíz. Lo echaban en un arcón e íbamos los vecinos todos a ayudar a deshojar el maíz y al final ellos nos hacían un magosto.”

Felipe (Oza de los Ríos, 1936): “En mi parroquia las castañas se usaban como medios de sobrevivir, más que como fiesta. Es decir, se comían a diario cuando las habían. Cuando las había se aprovechaban todas, no se perdía una castaña. Ya podía estar el castaño donde fuera que no se perdía.”

Petronilo (León, 1930): “En la calle de Nuestra Señora, la que va al cementerio, había antes de llegar a la iglesia, en las tres casas anteriores había un campito adosado a las viviendas que tenía castaños. Ya las que cogíamos en el suelo ya no podíamos esperar a que cayeran ni tirarlas porque había muchas. Pero se comían todas y aún faltaban castañas.”

Como habéis podido escuchar en el audio, existen muchas formas diferentes de consumir las castañas. En el libro Antropoloxía de Galicia de Xosé Ramón Mariño Ferro podemos encontrar alguna idea más:

“Para cocelas, primeiro destónanas e logo bótanas nunha pota con auga e fiúncho ou nébeda. Nalgunhas casas cócenas nun pote especial, panzudo e máis ou menos grande, e alí, a carón do lume, quedan ata que se acaban; cando algúen ten fame, achégase ó pote e come. Escórrenas nun cesto, nun cribo ou nun escoadoiro destinado a ese fin. Ás cocidas coa casca chámanlles zonchos. En Mondoñedo adoitan enfialos en colares que logo van comendo.

Ás veces as castañas cocidas con nébeda quítanas do lume a medio cocer, tíranlle-la tona interna e acaban de cocelas en leite. O almorzo e a cea de moitos ancareses consiste, precisamente, en castañas con leite.

Un prato invernal moi apreciado, sobre todo en certas bisbarras luguesas, é o caldo de castañas frescas ou maias. Pélanas, férvenas en auga con sal el, así que sufriron unha fervura, tíranlle-la monda interior e pártenas á metade. Despois póñenas de novo a ferver nunha auga limpa, cunha cebola e un dente de allo, acompañados, ás veces, por un anaco de touciño, unha orella ou unhas pingas de vinagre. Hai variantes, como as de Pallares de Melide, onde cocen coas castañas un par de chanfainas e algo de touciño; logo, comen a carne coas castañas e na auga do caldo fan unhas sopas de pan.”  

Para terminar, me gustaría destacar una curiosa forma de mantener entretenidos a los niños en la jornada del día de todos los Santos, cuando todo el mundo acudía a los cementerios para visitar las tumbas y muchos podrían acabar aburriéndose. Esta costumbre la pude escuchar sobretodo en los alumnos que habían vivido en el norte de Galicia y consistía en lo siguiente:

Ana (Santander, 1928): “Yo lo que me acuerdo de pequeña en mi casa, cuando vivía en Coruña, es que mi madre hacía buñuelos y torrijas. Luego se cocían las castañas con piel y después se comían. Hacíamos collares y pulseras de castañas y los llevábamos puestos. Entonces íbamos a los cementerios comiendo castañas de una en una”

Rosario (Coirós, 1931): “En mi casa, el primero de noviembre cocíamos unas castañas con la piel y hacíamos collares. Los niños salíamos con esos collares de castaña y las íbamos comiendo.”

Marina (Villalba, 1934): “Hacíamos unos rosarios con castañas cocidas, nos los colgábamos y presumíamos.” 

Vamos a disfrutar del otoño. Llegó el frío, llegaron las castañas y es hora de comerlas. Ya sean asadas, cocidas, con leche, pilongas o con “ronco”. Buen provecho. ¡Y feliz Magosto a todos!

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