Sobre el autor

Me llamo Sergio y soy psicólogo especializado en la atención a personas mayores. Nací en Barcelona, en una familia de padres emigrantes que, como otros muchos, marcharon de su tierra en busca de oportunidades.

Recuerdo los veranos de mi infancia en la aldea lucense de mi padre rodeado de vacas, cerdos y gallinas, desayunando leche recién ordeñada con una rebanada de pan de centeno y una tajada de tocino. Recuerdo también vivir las tareas cotidianas en esa época del año en el rural gallego: ir a la siega, hacer las “medas” en terrenos empinados, recoger todo ello con el remolque del tractor lleno hasta los topes, hacer en la “eira” de casa una “meda” enorme y alta, a veces dos. Y esperar al día que viniese la máquina de mallar, implorando que no lloviera. Con mis ojos de niño veía sorprendido como se organizaba todo el mundo para hacer desaparecer aquella enorme montaña “feixe” a “feixe”, para convertirla en sacos de grano y alpacas de paja. Más tarde me explicaron que, en el pasado, lo que hacía la máquina de segar en los campos de trigo y centeno, lo hacían decenas de hombres y mujeres hoz en mano. carroQue la recogida, cuando no había tractor, se hacía con un carro cantarín tirado por bueyes o que antes de que vinieran las maquinas de mallar a facilitar el trabajo, los hombres eran los que se encargaban de mallar a palos la paja, para separar el grano.

Mis veranos en Galicia sirvieron para que se forjara en mí un apego especial hacia una cultura que estaba sufriendo el cambio hacia la modernidad. Una cultura que no había vivido yo, sino mis ancestros y que estaba desapareciendo poco a poco a medida que iban apareciendo los inventos del s.XX.

Desde entonces siempre he intentado acercarme a esta cultura que estaba alejada de mí en lo geográfico y en lo temporal. La “morriña”, ese sentimiento mezcla de tristeza y amor a la tierra que sirvió de inspiración a tantos escritores románticos, y que tanto caracteriza a los gallegos, vino a acompañarme a mí también, para motivar mi acción, para no cejar en el empeño.

Así conocí la gran población de gallegos que hay afincados en Barcelona, que se reúnen cada fin de semana para sentirse más cerca de su tierra a través del folclore. Allí aprendí a tocar la gaita, a “falar galego” y a disfrutar de una fiesta gastronómica. También podría decir que aprendí a bailar, pero reconozco que sigo siendo un pato mareado en esto. En definitiva, encontré pedazos de Galicia a más de 1000 km de ella. Pedazos vivos y rebosantes de “morriña”.

Pero no tenía suficiente. Así que planeé la forma de poder acabar viviendo en Galicia. Compostela, la ciudad de piedra eterna que te recibe mojada y te despide chorreando se convirtió en mi destino. Ya lo fue antes, cuando en numerosas ocasiones llegué como peregrino caminando, pero en esta ocasión mi intención era quedarme más tiempo y tener la ocasión de perderme por sus rúas eternamente.

Como vivir en la eternidad da bastante hambre el plan siguiente fue ganarme la vida encontrando un trabajo. Tras algún curso de reciclaje tuve la oportunidad de comenzar a trabajar con personas mayores en una residencia geriátrica y en una asociación de viudas. La verdad es que mirado con perspectiva fue la mejor manera de conocer lo que había estado buscando porque no hay mejor anfitrión del pasado que alguien que ha cubierto prácticamente todas las etapas de su vida. Uno de los libros que más utilicé en aquella época para mis sesiones de reminiscencia fue «Galicia no recordo» de Fernando Lorenzo Rey.

Con mi nuevo trabajo, más que menos (quizás menos que más) tenía mis necesidades básicas cubiertas. Así que seguí trabajando para cubrir las otras que están más por encima de la pirámide. Por un lado, reanudé mis clases de gaita y tamboril en una de las asociaciones culturales más antiguas de la ciudad (la más antigua de hecho, pronto cumplirá el centenario) y por otro me saqué la espina de aquello que siempre quise hacer: estudiar en la universidad de Santiago.

No es que mi ilusión fuera acabar tocando en la tuna y cantar aquello de “no te enamores compostelana”, pero siempre quise sentirme estudiante en esta ciudad de estudiantes. Así que un día, paseando por esas rúas de piedra, encontré un cartel que me abrió los ojos. No tuve ninguna duda en apuntarme.

El trabajo final de aquel postgrado ayudó también a cubrir mis necesidades de autorealización: investigué la historia de Cantigas e Agarimos (precisamente esa asociación en la que daba clases de gaita y tamboril).

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Me adentré en sus archivos y pude sentir el pasado de mi ciudad idolatrada ya que esta asociación es un referente inequívoco de la sociedad compostelana. Quiso la casualidad que una editorial musical que se dedica a reeditar discos antiguos de la historia de Galicia estuviera, en aquel año, pensando en hacerlo con uno de Cantigas e Agarimos. Se interesaron en mi investigación y finalmente mi trabajo de postgrado sirvió para poder escribir un texto que acompaña el disco. Para mí, un auténtico privilegio.

Cuando te falta información sobre una experiencia, puedes optar por dos soluciones: puedes generalizar y pensar que todo es igual a aquello que has vivido incompletamente o bien puedes ir en busca de esa información para poder comparar con lo vivido y tomar una conclusión más objetiva. Esto es lo que me pasó cuando llevaba un par de años trabajando en la residencia geriátrica. Me pregunté: ¿esto es así en todas las residencias? Si la respuesta era afirmativa no me quedaba más remedio que dejar de trabajar en el sector. Por suerte, pude salir de allí antes de tener que lidiar mucho más con lo que no me gustaba. Me dediqué un tiempo a ser formador de personas que querían trabajar con personas mayores. Paralelamente, y pese a que había solucionado mi dilema de valores en la residencia, seguí dándole vueltas a aquella pregunta (de hecho, era esencial para hacer bien mi trabajo con los alumnos a los que enseñaba) así que fui en busca de la respuesta a la universidad. Solicité una beca a la Fundación La Caixa para realizar un máster en A Coruña.

Recuerdo cómo comenzó aquella entrevista frente al comité: el seleccionador más serio, mirando mi curriculum, me pidió que le explicara un poco sobre los ocho meses que me había pasado en Australia tocando la gaita por las calles (lo hice justo al acabar la carrera). Más tarde me dí cuenta de que esta experiencia fue más positiva que negativa para defender con éxito mi entrevista. También recuerdo cuando me ofrecieron que cambiara mi solicitud a otro máster de parecidas características que parecía más completo y que se realizaba en Barcelona. No me dejé impresionar y seguí empeñado en el que había solicitado inicialmente. Ceder a aquel ofrecimiento hubiera significado la desaparición inmediata de este blog y todo lo que en él puedes escuchar y leer, pues aquel máster que, finalmente pude cursar gracias a la beca, fue la puerta que se me abrió para poder realizar el proyecto MEMOGA.

También gracias al máster pude contestar NO a aquella pregunta que me rondaba y me permitió darme cuenta de que habían muchas cosas por hacer en geriatría diferentes a lo que vi en aquella primera residencia donde trabajé.

Diez años después de aquello, sigo trabajando en geriatría, lejos otra vez de Galicia. Diez años después, me he animado a desempolvar el trastero y rescatar conversaciones que quedaron registradas en MEMOGA y que merecen ser compartidas.

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